Hacia una comprensión íntegra del derecho a la vida

Esta columna fue escrita por Oscar Perello junto a Ignacio Guzmán, de Construye Sociedad, martes 28 de marzo

Este sábado 25 de marzo se conmemoró el Día Internacional del Niño por Nacer y en nuestro país hubo celebraciones en todas las grandes ciudades. Y con razón, pues la inminente aprobación del proyecto de ley que legaliza el aborto en tres causales constituye una amenaza al primero y más fundamental de los derechos humanos, cual es el derecho a la vida. Sin embargo, nos parece que existen igualmente otras circunstancias que lo amenazan y que suelen no ser consideradas como tales en el debate público: después de todo, este derecho implica no sólo que no se interrumpa el embarazo, sino también que existan las condiciones que hagan posible vivir de manera digna.

Sabido es que el Servicio Nacional de Menores, institucionalidad destinada a acoger a niños y jóvenes en marginalidad, está en deuda. A los dramáticos casos de muertes por abandono e incluso de torturas que conocimos por la prensa, se suma la indiferencia histórica del Estado: en la Ley de Presupuesto del año 2016, se le asignaron apenas 225.000 millones de pesos (para poner en perspectiva esta cifra, el proyecto de gratuidad universitaria asciende a 1.189.152 millones de pesos). Esto ayuda a contextualizar cómo es que la mitad de la población penal haya pasado alguna vez por este sistema, o que uno de cada cuatro indigentes pasara parte de su infancia en un centro residencial. Aunque sin duda aporta, la solución para garantizar una vida digna para estos niños está lejos de ser puramente presupuestaria; el recién anunciado proyecto de ley que separa la protección de la infancia y la reinserción social en servicios distintos, podría significar un primer avance. Además, se hace necesaria más creatividad: ampliar la cobertura transitoria de hogares o familias de acogida, que en Chile tienen índices de violencia seis veces menores a las instalaciones del Sename, va en línea con las recomendaciones internacionales apuntadas por un informe del IES; o trabajar con las familias, para permitir que estos niños y jóvenes vuelvan a sus hogares.

Junto con ello, se hace necesario facilitar la vida en el primer núcleo que la hace posible: la familia. En ese sentido, se agradecen los esfuerzos recientes por poner el tema de la jornada laboral sobre el debate, siendo indudable que un trabajador que pasa diariamente nueve horas en su trabajo, más al menos dos horas de traslado, dispone de escaso tiempo para dedicar a la vida familiar. Sin embargo, tan cierto como que el promedio de horas trabajadas en Chile es de los más altos de la OCDE, es que nuestra productividad laboral está muy por debajo de la media, superando solo a México dentro de este grupo. En este sentido, la respuesta no pasa por disminuciones repentinas de las horas de trabajo, sino por fijarse un horizonte de mediano plazo en el cuál, mediante un proceso gradual y acompañado de reformas que eleven la productividad, sea factible alcanzar una menor carga laboral. De lo contrario, podría ocurrir lo de Corea del Sur el 2004, que tras reducir su jornada de 44 a 40 horas, no tuvo impacto en los niveles de satisfacción de los trabajadores ni de sus familias, ante la dificultad de realizar la misma cantidad de trabajo en menos tiempo.

Reformar el Sename e impulsar políticas que permitan aumentar el tiempo familiar, son sólo algunos de los innumerables desafíos que exige una postura a favor de la vida; además, por supuesto, de actuar con coherencia ante la inminente votación del proyecto de ley de aborto. Es de esperar que esta fecha contribuya a que todos quienes suscriben la preeminencia de este derecho, y en especial quienes competirán en la carrera presidencial, asuman un compromiso aún más firme por impulsar políticas públicas que comprendan de manera íntegra la defensa de la vida.

 

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El Valor de la Vida

Columna en el Diario Estrella de Iquique, lunes 27 de marzo

El Valor de la Vida

Cada 25 de marzo, a nueve meses de la Navidad, la Iglesia celebra el misterio de la Anunciación del Señor y unido a éste el día del Niño por Nacer. Diversos momentos de oración y de manifestaciones alegres y pacíficas han querido poner de manifiesto el valor de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Nunca se hablará o se hará bastante en la defensa de este derecho fundamental.
La Iglesia enseña que: “Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida”. Dice la Palabra de Dios: “antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado” y en otro lugar “Y mis huesos no se te ocultaban, cuando yo era hecho en lo secreto, tus ojos, Señor, vieron mi cuerpo en formación”.
También se enseña que: “Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los padres y tampoco como una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la misma naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte. “cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho.
la Iglesia, experta en humanidad como la definió Paulo VI, será en medio del mundo y en todos los tiempos la defensora férrea de la dignidad del ser humano, que en ella todos los creyentes y con ella todas las personas de buena voluntad, proclamemos con respeto pero con firmeza que cada vida humana cuenta y en este tiempo de cuaresma como cristianos proclamamos que toda vida humana vale el precio de la sangre de Cristo, es decir tiene una valor y una dignidad infinita. Que todos, y de manera especial nuestros jóvenes sepamos cuidarla y defenderla siempre.

 

Mons. Guillermo Vera
Obispo de la Diócesis de Iquique

 

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IDEOLOGÍA DE GÉNERO

Columna de Hernan Corral

El Mercurio 9 de marzo de 2017

“Los niños tienen pene y… las niñas, vulva. Que no te engañen”. Con esta leyenda comenzó a circular hace unos días en Madrid un bus naranja de la ONG Hazte Oír, y se desataron las iras del progresismo liberal de ese país, tanto de derechas como de izquierdas.

La campaña era, de algún modo, respuesta a otra de la asociación Chrysallis del País Vasco que en enero puso carteles en buses y en el metro con dibujos de niños desnudos y el mensaje “Hay niñas con pene y niños con vulva. Así de sencillo”. En esa ocasión, no hubo mayor escándalo. En cambio, el bus de Hazte Oír ha sido objeto de insultos y descalificaciones: se habla de grupos ultraconservadores, de “lgtbfobia” (sic), de “discurso de odio”. Un juez fulminó una prohibición de circular del bus por considerar que el texto denigraba a las personas de identidad transexual. Hazte Oír respondió poniendo la leyenda entre signos interrogativos y anunciando que el bus llegaría a otras ciudades españolas.

Puede costar entender que una afirmación que se encuentra en cualquier libro de anatomía y que constata lo manifiesto: que cada sexo tiene sus propios genitales, sea motivo de tanto alboroto. La reacción mediática se entiende cuando se percibe la intensa y extendida penetración social de los postulados de la llamada ideología de género, verdadera “colonización ideológica” según ha denunciado varias veces el Papa Francisco. En la exhortación Amoris laetitia ha dicho que la teoría del “gender”, al aspirar a una sociedad sin diferencias de sexo, “vacía el fundamento antropológico de la familia”, y “lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer” (Nº 56).

La ideología de género ha encontrado en las personas que presentan una disociación entre su sexo y la autopercepción psicológica de su identidad sexual un instrumento útil para, en un primer lugar, sostener que el sexo no es corporal, sino psíquico, y luego para sustituir la noción de sexo por el concepto plástico y mutable de “género”. Se niega, entonces, que sea un concepto “binario” (masculino-femenino) y se auspicia una amplia gama de géneros a las que se añade un caleidoscopio de “orientaciones sexuales”. Una persona biológicamente varón -se afirma- puede ser mujer, si así se percibe, pero al mismo tiempo puede tener orientación lésbica, y sentirse atraída por mujeres, que a su vez pueden ser también trans .

Las personas transexuales resultan así manipuladas, dramáticamente, también por aquellos que, sin entender el trasfondo de esta concepción ideológica, piensan que si se les permitiera “cambiar” su sexo legal, como se propone en el proyecto de ley de identidad de género, se lograría una mejor integración social. El sexo, en realidad, nunca cambia, ni siquiera mediando operaciones quirúrgicas y tratamientos hormonales. El transexual masculino operado permanece varón por mucho que se haya sometido a una ablación de pene y a una construcción artificial de una vagina. Se nos dice que una cosa es el género y otra el sexo biológico. Pues bien, si es así, ¿por qué una autopercepción de género debería conducir a una variación del sexo biológico? ¿Por qué tendría que modificarse la constancia del sexo del individuo en el Registro Civil y aplicar el sistema binario masculino-femenino siendo este una mera construcción cultural, propia de una sociedad heteronomizada?

Por cierto, nada autoriza que una persona transexual sea agredida, minusvalorada o discriminada por esa condición. El Movilh tiene razón al protestar porque el sábado pasado una trabajadora de un supermercado se habría negado a vender maquillaje a una transexual, espetándole “no atiendo a personas como tú”.

Pero el respeto que se debe a la dignidad de toda persona, cualquiera sea la autopercepción de su identidad o su orientación sexual, no exige la aceptación acrítica de una cosmovisión ideológica que, contra toda evidencia, pretende subvertir la diferencia y complementariedad entre varones y mujeres.

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A sangre y fuego

Miércoles 01 de febrero de 2017

    Se habla mucho de compasión con relación al aborto legal ya inminente. Pero toda esa compasión se dirige a la mujer embarazada en alguna de las tres causales.   Se buscan responsables, se buscan culpables. El fuego -tan grosero en sus llamas devoradoras como sutil en el humo que cubre regiones enteras- no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de casi mil kilómetros. Y con el paso de los días, mientras se vayan aplacando los siniestros, probablemente la búsqueda de los responsables dé con la identidad y con el paradero de algunos de los culpables. Visibles las llamas, el humo, la devastación de casas, aserraderos, bosques y plantaciones, conocidos los nombres y los rostros de los fallecidos, los culpables recibirán -esperamos- no solo la sanción judicial acorde a sus responsabilidades, sino que también el repudio absoluto a las organizaciones que los han cobijado y a los propósitos que los han motivado: porque vimos los efectos de sus acciones, porque nuestros ojos apreciaron directamente sus crímenes. Por eso mismo, las pesquisas no se detendrán -esperamos- hasta dar con los autores intelectuales, y con sus redes. Todo clarito, ojalá: con nombres, con apellidos y con afiliaciones. Todo clarito, ojalá. Pero en paralelo, el duro contraste. Joseph Ratzinger afirmaba, años atrás, que el aborto no parecía inaceptable para algunas personas, justamente porque hablaban en abstracto, porque previamente nunca habían visto -ni iban a ver tampoco en adelante- el rostro de niño alguno asesinado en el vientre materno. Ah, si lo vieran. Si lo miraran con la compasión con que se contempla la foto del mártir bomberil, del carabinero heroico, del poblador sin casa, del pequeño empresario desolado… Compasión. Se habla mucho de compasión con relación al aborto legal ya inminente. Pero toda esa compasión se dirige a la mujer embarazada en alguna de las tres causales, quien es, sin duda alguna, sujeto legítimo de una adecuada parte de esa compasión. Pero el problema es que no está quedando nada para el embrión amenazado. Justamente el día en que ardían miles de hectáreas, justamente ese día, se aprobaba la idea de legislar a favor del crimen del aborto; justamente ese día, también, terminaba la lectura de “El desquite de la conciencia”, del profesor de la Universidad de Texas en Austin J. Budziszewski. Y ahí estaba, desnuda, la falsa compasión, en el capítulo llamado “Por qué matamos a los débiles”. Budziszewski es rotundo: “Mientras la compasión verdadera nos lleva lo más cerca posible del que sufre, en la compasión degradada nos alejamos; mientras en la compasión verdadera tratamos de cambiar la visión de lo que nos hace sufrir, en la compasión degradada simplemente tratamos de hacerla desaparecer”. ¿Qué es lo que no se quiere ver? ¿A qué realidad no se requiere prestar atención porque obligaría a una compasión verdadera e impediría su sustitución por otra, falsa y cómoda? Hay que decirlo sin matices: no se quiere mirar a ese ser vivo, a esa cara de niño, a ese cuerpo mutilado, a esa sangre que correrá a chorros en supuestas “prestaciones de salud”. Por supuesto, la falsa compasión -la compasión incompleta o desviada, si se prefieren términos menos duros- impedirá por completo la búsqueda de culpables. ¿Por qué habría que buscarlos si se ha practicado un acto compasivo? Ni los equipos médicos, ni los adultos implicados que hayan consentido, ni los parlamentarios que por allá por el 2017 iniciaron el fuego, ninguno tendrá por qué comparecer ante los tribunales, ninguno sería culpable; al revés, todos habrían actuado en el nombre de una supuesta compasión; casi pedirán estatutos de héroes. De eso se trata este primer paso en el aborto en Chile: no busque culpables, no los habrá. Y a pesar de la evidencia devastadora, en el mejor de los casos dirán que el fuego se inició solo.   Por Gonzalo Rojas

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